Entrevista a un egresado: Tomás Brantmayer, compositor y campanero internacional
03/04/2025
Radicado en Inglaterra, tras haber cursado estudios de postgrado en el conservatorio Royal College of Music de Londres, el alumni de Música UC se encuentra de visita en Chile para estrenar destacadas obras para coro y orquesta de su autoría.
Entre el 21 de marzo y hasta el 5 de abril, el exalumno del Instituto de Música UC, Tomás Brantmayer, se encuentra presentando en Chile distintas obras compuestas por él. Una de ellas es Morbus Sacer, premiada y aplaudida por la crítica internacional, inspirada en su experiencia teniendo epilepsia, la cual compuso durante su primer año de magíster en el Royal College of Music de Londres.
Previamente, la obra se estrenó en Alemania, Inglaterra, Paraguay, y tendrá su estreno en Chile con la Orquesta Sinfónica Universidad de Concepción, donde fue nombrado recientemente Compositor Residente. Además, la semana pasada tuvo su debut con la Orquesta Filarmónica de Santiago bajo la dirección de Luis Toro Araya en el Teatro Municipal de Santiago, presentando Canción de cuna para Fuegia Basket. “Para uno como músico esto es algo bien emocionante porque es la casa de música clásica de mayor trayectoria en Chile”, comentó el alumni Música UC.
En 2019, Tomás inició su Magíster en Composición en el prestigioso conservatorio Royal College of Music. Debido a la pandemia, tuvo que suspender sus estudios y retomarlos en 2021, y hasta la fecha radica en Londres, Inglaterra. Sin embargo, continúa teniendo lazos estrechos con la escena musical de nuestro país.
Junto con ser compositor, Tomás además es campanero. Pertenece a las agrupaciones Campaneros de Santiago, en Chile, y Campaneros de Hackney, en Londres, dedicadas a preservar el arte del toque de campanas en distintas iglesias de dichos países, y de otros como Italia y España. Experiencia que le ha permitido vivir momentos históricos, como tocar las campanas en el funeral de la Reina Isabel.
Conoce más sobre su historia, cómo es vivir en el extranjero siendo músico, y de qué manera le impactó su época de estudiante en la UC, en la siguiente entrevista.

Para Tomás, Londres es una ciudad que le ha permitido conocer diversas culturas y un nuevo tejido sonoro.
¿Cuándo y por qué decides vivir en el extranjero?
Desde que entré a estudiar en el Instituto de Música tuve la inquietud no sólo de estudiar afuera sino además de vivir en el extranjero. Londres tiene un aspecto cosmopolita donde se cruzan muchas culturas diferentes, y me parece que es una ciudad que ofrece una perspectiva muy abierta en torno a la creación artística. Especialmente porque Inglaterra no es un país con una tradición de música clásica tan extensa como, por ejemplo, la alemana o la italiana, lo que hace que sea más receptiva a diferentes tipos de visiones.
En 2019 me fui a vivir a Londres para cursar mi Magíster en Composición, pero en ese momento tuve que interrumpir mis estudios durante casi tres años debido al estallido social y después la pandemia.
Durante la pandemia fue que comenzaste la composición de La muerte roja. ¿De qué manera se cruza este contexto adverso que viviste con tu proceso creativo?
Para contextualizar a quienes no sepan, los compositores de música clásica en general nos dedicamos a escribir música en una partitura, y esa partitura es ejecutada por una orquesta, o un ensamble, usualmente numeroso. Entonces, la pandemia fue un contexto que, como a muchas otras profesiones, a los músicos nos puso en una situación de no saber qué iba a pasar con nuestro oficio.
Ese fue un periodo en que, al mismo tiempo, como estábamos encerrados, estuve trabajando mucho en mi propia música, pero sin un destino muy claro hacia dónde iba a ir. Y ahí fue que nació la idea de esta obra, La muerte roja, que era una obra que inicialmente se iba a mostrar a través de una plataforma virtual, pero que a partir de la apertura post-pandemia, y de la colaboración con la Orquesta USACH, adquirió su formato actual de lo que sería una suerte de cantata o canción sinfónica, con coro y orquesta.
Volviendo a tus estudios en el Royal College of Music de Londres, ¿qué tal fue esa experiencia?
Fue súper enriquecedor en varios sentidos. Primero, todo lo que sucedía dentro del conservatorio, el intercambio con compositores de distintos orígenes, distintos backgrounds, distintos pensamientos musicales que, en ocasiones, eran muy novedosos para mí; el hecho de estar hablando con un compositor, no sé, de Japón, digamos. Yo nunca había conocido a un compositor de Japón hasta ese momento. Entonces, ya por la historia con la que viene cada persona, por su propia biografía, eso te define como artista en algún nivel. Ese intercambio fue muy fértil.
Además, el conservatorio era una estructura súper grande, lo que permitió trabajar nuevas composiciones en grandes formatos, música para orquesta sinfónica, música para ensamble de bronces, etc.
Y también fue una etapa en la que pude explorar mi propia voz como artista, en el sentido en que la formación en la Universidad Católica fue de adquirir las herramientas técnicas elementales para hacer música; de aprender disciplinas técnicas súper específicas, como la orquestación, el contrapunto, la armonía, y prepararse para desenvolverse en la práctica profesional. Esto me permitió ir al programa de maestría sin tener que llegar a enfocarme en el aspecto técnico, porque eso estaba hasta cierto punto solucionado. Entonces pude entrar en preocupaciones que tenían que ver más con la poesía de la música.
Y fuera del conservatorio, ¿qué crees que te ha enseñado Londres en este contexto?
Mucha de la música que vi en Londres fue música que me abrió nuevos horizontes en cuanto a mi pensamiento creativo. Cosas que yo no había visto o no imaginaba posible hasta ese momento. Pero, sobre todo, diría que también la experiencia de emigrar en sí, y de tener que enfrentarse a un nuevo contexto, a un nuevo idioma, yo tenía un inglés muy básico cuando me fui. Y, por supuesto, otros desafíos como estar lejos del propio territorio, de la familia, de los amigos, de todo el círculo de contención; de enfrentarse a nuevos paisajes sonoros, y a una ciudad que suena distinto.
Creo que eso es algo muy importante para uno como músico: hay nuevos sonidos, hay una nueva relación, un nuevo tejido de relaciones sonoras, que implicaba enfrentarse constantemente a algo distinto, lo que es súper estimulante, pero también súper incómodo en otro sentido. Yo creo que eso fue muy importante para continuar con mi crecimiento como músico, como artista y como ser humano también, por supuesto.

El alumni de Música, Tomás Brantmayer, se encuentra en Chile para la presentación de distintas de su autoría, para coro y orquesta.
¿Cómo describirías ese ‘nuevo tejido de sonidos’ distinto al chileno?
No sé si podría describirte el tejido en sí mismo, pero sí nuevos elementos que aparecen en ese tejido que me eran ajenos hasta ese momento. De alguna manera aparecen un montón de sonoridades muy particulares. Yo tengo una fascinación también con las campanas, porque toco campanas de iglesia, soy parte de un grupo de campaneros, y claro, las campanas chilenas tienen un sonido muy distinto a las campanas inglesas, con un distinto tipo de belleza. Las campanas chilenas tienen un sonido un poquito más “caótico”, por así decirlo, mientras que las campanas inglesas tienen un sonido perfectamente afinado.
También, en Londres el sonido del viento es muy presente, tiene “mucho relieve”, similar a como puede ser también en el sur de Chile. Y luego, por el contrario, hay cosas muy terribles. Recuerdo que el sonido del metro en Londres es algo que… (ríe) Mis amigos se ríen un poco porque siempre me quejo del sonido del metro, y en un gesto medio histérico, quizás, a veces iba con una maquinita midiendo los decibeles, porque era tan, tan fuerte, tan fuerte, que yo andaba protegiéndome y midiendo los decibeles diciendo “¡Esto no puede ser legal!”.
Entonces, son un montón de sonidos que empiezan a ser familiares, feliz o tristemente, pero que te llevan caminar en otras direcciones musicalmente hablando. Yo creo que finalmente es algo que se traduce en un nuevo pensamiento musical.
¿Cómo llegas a esta fascinante práctica de ser campanero?
Alrededor del año 2013, a través de un profesor de la Universidad Católica, José Manuel Izquierdo, llegué a tocar el órgano de la Catedral Metropolitana de Santiago, y en esa experiencia un día conocí a Eduardo Sato, quien estaba haciendo una investigación sobre las campanas y los toques de campana del periodo colonial. Así, me invitaron un día a tocar campanas en la Iglesia San Ignacio para Semana Santa, y la experiencia de estar arriba de la torre y de sentir la vibración de las campanas en tu oído, en tu cuerpo, fue una experiencia única; una experiencia que no se parece a nada. Eso a mí me dejó totalmente fascinado y de ahí nunca más me fui.
Ahora pertenezco a Campaneros de Santiago, que es el grupo oficial de la Catedral de Santiago, pero también solemos hacer toques en distintas iglesias como San Francisco o Santo Domingo, entre otras. Asimismo, en Londres, me uní a un grupo de campaneros de mi distrito, del barrio en el que vivo, que se llama Campaneros de Hackney. Empecé a tocar campanas con ellos y allí viví cosas muy especiales, como tocar en el funeral de la Reina Isabel.
¿Qué es lo que más rescatarías de tu formación en el Instituto de Música UC?
Bueno, hubo dos cosas. Uno, yo creo que la formación en el conocimiento duro, la formación técnica, teórica; en el aprendizaje de la orquestación, de la armonía, del contrapunto, que era algo que yo no tenía antes de entrar a la carrera, y que me era bastante ajeno. Quisiera destacar a quien fue mi profesor, Aliocha Solovera, y que fue uno de mis principales formadores en ese sentido. Él me entregó las herramientas técnicas que más me faltaban, mientras que la poesía o la imaginación, que es lo que también uno necesita para trabajar como artista, era algo que se me daba de manera más natural. Creo que ese fue un súper buen complemento.
Luego, también, la experiencia con los compañeros y compañeras del Instituto fue súper importante. Durante esos años realizamos muchos proyectos, particularmente uno que se llamó Proyecto Origami, que funcionó durante siete años. Fue un ensamble de estudiantes de distintos instrumentos, para crear obras nuevas y poder escuchar la música que estábamos escribiendo en tiempo real. Viajamos también por algunas ciudades de Chile, grabamos un disco. Fue un aspecto clave para mí.
Además, el hecho de haber estado en conjunto con la Escuela de Teatro, con la Escuela de Arte, en el Campus Oriente, fue un entorno muy nutritivo. Las personas que conocí, con otro tipo de pensamiento. Ese diálogo, fue súper enriquecedor y un intercambio valioso.
¿Qué sueñas para Chile?
Yo creo que Chile, desgraciadamente, en las últimas décadas ha caminado en una dirección de individualismo muy profunda, de un individualismo muy despiadado. Entonces, lo que sueño para Chile es, básicamente, intentar recuperar esa capacidad de conmovernos, y, sobre todo, esa dignidad básica de mirar al otro, y de emocionarse con lo que a ese otro le pasa.
Creo que sería muy ambicioso decir que eso es lo que estoy tratando de hacer con la música, pero sí va en esa dirección, es un intento de al menos reconectar con ese lugar profundamente humano, del cual en ocasiones nos olvidamos.
¿Cuáles son tus próximos proyectos?
Por ahora este va a ser un año muy fuerte para mí en Chile. Vamos a tener, aparte de estos conciertos de marzo y abril, vamos a seguir con la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Concepción trabajando en varios conciertos sinfónicos a lo largo del año.
Además, estaré componiendo por primera vez para una banda sonora para una película, lo cual es algo novedoso para mí. Se trata de una versión de Drácula del año 1931, que se va a proyectar con música en vivo compuesta por mí especialmente para la ocasión.